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Como un prisma que captura la luz, en un juego de líneas y reflejos, el frasco de manifesto capta la energía absoluta de la mujer de la que es su talismán, su fetiche. El estilizado frasco, ceñido a modo de cinturón por una joya tallada de color amatista, se asocia en Yves Saint Laurent a la seducción, al sortilegio de la pasión. Este color vibrante, provoca unas reacciones que no poseen términos medios. Eléctrico, atrae los sueños y fascina con su autoridad espiritual al ser el color del comienzo y de todos los viajes imaginarios. Una promesa que juega con los límites, osada y extravagante. Un color que, en los años sesenta Yves Saint Laurent combinó con el fucsia logrando un choque cromático al más puro estilo pop. Poderoso y orgulloso, el violeta es un tono embriagador. Tornasolado, sedoso, religiosamente erótico, envolvente y espiritual, tan secreto y generoso como la amatista, una piedra que representa la metamorfosis, el paso de un estado a otro.